jueves, mayo 06, 2010

miércoles, mayo 05, 2010

¡El Amor!

- ¡El amor! -pensaba mil veces [San Francisco]-. He allí la clave, ¡el amor! Formar es amar. El amor torna lo imposible en posible.

Ignacio Larrañaga. El hermano de Asís. Ed. Paulinas. Madrid 1990. 11a edición. pág. 155

Alma seducida

Al alma humana, cuando ha sido profundamente seducida por Dios, le nacen alas del alcance del mundo, y con tal de estar con su Señor, es capaz de trasponer montañas y mares, recorrer ciudades y ríos; no teme al ridículo; no hay sombras que la asusten ni fronteras que la detengan.

Ignacio Larrañaga.
El Hermano de Asís.
Ed. Paulinas, Madrid 1990
11a. edición.
Pag. 43.

Amor a Dios

Olvido de las criaturas,
memoria del Creador,
atención a lo interior,
y estarse siempre
amando al Amado

San Juan de la Cruz

Verdadera amistad

Sólo es verdadera amistad la que tú formas entre los que están unidos a ti por la caridad que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo, que nos fe enviado y dado.

San Agustín. Las Confesiones Libro 4, cap 4, 7

Amemos a Dios en las criaturas

"Que no es malo el amar las criaturas, con tal que en ellas amemos a Dios".

Si te agradan los cuerpos, toma de ellos motivo para alabar a Dios, y haz que el amorque les tienes, vuelva y llegue hasta su Criador; no sea que en las cosas que te agradan a ti le desagrades tú a El.

Si te agradan las almas, ámalas en Dios; porque aun ellasson mudables, y sólo fijas en él tienen firmeza y estabilidad; y de otra suerte faltarían y perecerían. Amalas, pues, en él, y lleva contigo hacia él cuantas pudieres, y diles: Amemos a este Señor, amemos a éste, que hizo todas estas criaturas, y no está lejos de ellas. Porque no las hizo, y se fue; antes bien el mismo ser que les dio, lo conservan estando ellas en él.

San Agustín. Confesiones Libro 4, cap. 7, 18

Alma vacilante

Mira, Señor, en lo que viene a caer un alma vacilante que todavía no está firme en el sólido cimiento de la verdad. Según soplan los aires de las lenguas, afectos y opiniones de los hombres, así ella es llevada y traida, arrojada y rechazada, oscureciéndosele de tal suerte la luz, que no se ve la verdad; siendo así que la tenemos presente y delante de nosotros.

San Agustín. Confesiones Libro 3 cap. 14, 23

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